A ese pobre ente con el hacha no le llenaba la música.
Le gustaba ver, la sangre tenía el color ideal. Buscaba -y encontraba- formas y paisajes en el suelo salpicado, tal como en las nubes.
El pan de las pupilas.
El pan de cada día.
Se sentía satisfecho y limpiándose las líneas de colores que se salían de sus bordes, cerraba los ojos y agradecía.
-Amén.
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